CARTOGRAFÍA DE LA VEJEZ
La vejez no es la muerte del deseo,
sino su despojamiento:
allí donde cae la potencia,
la imagen el ideal,
retorna la pregunta
por lo que aún insiste en vivir.
La vejez comienza
cuando el cuerpo deja de obedecer
al ideal que lo nombraba.
En clave grecolatina, la vejez remite a la voz: gêras (vuelta, giro), que significa no solo horadar,
sino es el estado por cual el cuerpo desarchiva lo vivido.
El anciano no es un adulto prolongado, sino el punto donde memoria, pérdida y deseo se bifurcan.
Desde el campo de la salud mental, la vejez no debe pensarse
únicamente como decadencia orgánica, sino como tiempo subjetivo en el que el yo
pierde parte de sus disfraces. Allí donde antes había potencia, goce, imagen, promesa o
ideal, aparece la pregunta por aquello que el deseo no pudo resolver.
La senectud hace retornar escenas antiguas, duelos inconclusos, implicaciones,
identificaciones, caídas y palabras que no lograron inscripción. No se trata
de recordar el pasado, sino de encontrarse, en sus restos, con aquello que
todavía insiste como pregunta.
Vejez: medicina, ética y tiempo
Hipócrates
Aforismos — Corpus hipocrático.
Grecia, isla de Cos, s. V–IV a. C.
En el
corpus hipocrático, la vejez aparece ligada a una temporalidad del padecimiento:
menos violencia de lo agudo, mayor persistencia de lo crónico.
Aristóteles
Sobre la juventud y la vejez, la vida y la muerte, y la respiración.
Atenas, Liceo, s. IV a. C.
En este escrito, la senectud es pensada como desgaste del viviente,
enfriamiento y pérdida progresiva del calor vital.
Galeno
De sanitate tuenda / Sobre la conservación de la salud.
Roma, s. II d. C.
La vejez no es estrictamente una enfermedad, sino un estado natural que exige
régimen, dieta, cuidado y moderación.
Cicerón
Cato Maior de senectute / Sobre la vejez.
Roma, 44 a. C.
La vejez puede ser tiempo de juicio, dignidad, prudencia y vida intelectual,
no mera decadencia.
Podemos aproximarnos a la psicología de la vejez mediante la pintura.
En Las tres edades de la mujer, Gustav Klimt no representa solamente
una sucesión biológica. La obra condensa una escena de transmisión:
nacimiento, plenitud y vejez; las partes aparecen reunidas bajo una misma pregunta
sobre el cuerpo, el tiempo y la pérdida.
Gustav Klimt, Las tres edades de la mujer, 1905.
Óleo sobre lienzo, 180 × 180 cm.
Galería Nacional de Arte Moderno, Roma, Italia.
La imagen no ilustra la vejez como clausura, sino como retorno:
el cuerpo antiguo mira aquello que el tiempo conserva, pierde y transmite.
La psicología de la vejez no puede reducirse al deterioro del organismo ni a la simple acumulación de años. La vejez constituye un territorio subjetivo donde el cuerpo, la memoria y el deseo vuelven a encontrarse bajo otras formas, casi fractales. Allí donde el ideal de juventud prometía continuidad, dominio, potencia, imagen y goce, aparece ahora la experiencia de una pérdida que no siempre empobrece, sino que desoculta.
En la senectud, es decir, en la ancianidad, lo vivido retorna como desarchivo, como resto y como pregunta. No vuelve solamente aquello que fue, sino también aquello que no pudo ser dicho, elaborado o simbolizado. Por eso, la vejez no clausura al sujeto: lo enfrenta con sus marcas, sus duelos, sus insistencias y con la verdad propia de su deseo.
Lejos de ser pura decadencia, asistencia o deterioro celular, la vejez puede pensarse como la última cartografía del alma: el tiempo en que caen ciertos semblantes del Otro y de los otros, pero también el tiempo en que algo pulsional todavía insiste en vivir.
La vejez no es el final del deseo: es el lugar donde el deseo, despojado de sus disfraces, vuelve como pregunta.
La vejez no clausura la vida: la devuelve como pregunta.
Río de la Plata, marzo de 2011, Cyberfractal — illex.ar