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Psicología del niño


    Es la asistencia del infans es decir, del niño no como un objeto de estudio clínico, sino como una subjetividad en formación, siempre en relación con el entorno, con la madre o figura materna, y con el juego como eje vital.

El desarrollo psíquico del niño depende completamente del ambiente facilitador. Si el entorno es suficientemente bueno, el niño puede desarrollarse de forma saludable. Si no, aparecerán trastornos.

El centro de ese entorno es la madre suficientemente buena. No perfecta, sino suficientemente buena para sostener al cachorro humano en sus etapas más vulnerables.

¿Qué es una madre suficientemente buena?

Es una función:
Que se adapta activamente a las necesidades del bebé en un principio. Luego, poco a poco, desilusiona, permitiendo así que el niño tolere la frustración y forme su yo.

La clave de esta diada (bebe/madre) está en la adaptación inicial permanente, que después se va a ir retirando poco a poco. En esto consiste el arte de criar: ni sobrepresencia (exceso), ni ausencia abrupta (deficit).

¿Qué es el yo verdadero y el yo falso?

El Yo verdadero: se construye cuando el niño puede expresarse desde su espontaneidad (gritar, patalear, chupar), cuando hay espacio para el gesto espontáneo y es recibido por el ambiente.

El Yo falso: se desarrolla como defensa cuando el ambiente del menor es tóxico, malsano, le impone exigencias y no acoge lo espontáneo del infante. Se cria un pequeño con máscaras para adaptarse al medio.

Por ejemplo, es muy habitual encontrarse en los ambientes de trabajo a adultos que viven desde un yo falso, esto es consecuencia a que nunca pudieron ser ellos mismos en la infancia sin riesgo de perder el amor del otro de los primeros cuidados.

Constitución del "yo falso" como defensa temprana

El niño que deviene como "yo falso" entonces, no hay que verlo como un síntoma superficial ni una impostura voluntaria. Sino más bien como una estructura defensiva profunda que el Alma temprana (es decir, la psiquis infantil) construyó cuando el ambiente primario (especialmente la madre, tutor o quien cumpla esta función) no respondió adecuadamente a sus gestos espontáneos.

Consideremos esta hipótesis: como en los primeros momentos de vida (fuera del útero), el infante no tiene un "yo constituido", es así que vamos a ver en él: gestos, necesidades, impulsos vitales que buscan una respuesta del otro. Entonces:

A) Si el ambiente:
- Aloja y responde a esos gestos, se va formando un "yo verdadero", que va a crecer en continuidad con el ser.

B) En cambio, si el ambiente:
- No aloja ni responde, o impone exigencias ajenas al estado del niño, el infante aprende a inhibir su espontaneidad y a mostrarse como esperan los otros que sea. Así nace el "yo falso".


El costo de este falso amor que condicionará la subjetividad del niño/adulto

De más está decir que muchos adultos viven desde ese "yo falso" porque de niños asociaron amor con adaptación, es decir, aprendieron que solo serían queridos si reprimían algo propio: rabia, deseo, tristeza, energía vital, incluso la simple necesidad de ser.

No es que el niño elija falsificarse. Es que, en términos de supervivencia psíquica, es preferible ser falso y amado que verdadero y abandonado. Así, se instaura un yo que actúa, que se acomoda, que complace... pero que no vive.

El adulto niño

Signos del "yo falso" en la vida adulta

  • Sentimiento de vacío o de estar “actuando un papel”
  • Dificultad para saber qué se quiere realmente
  • Angustia frente al silencio o a estar a solas
  • Relaciones donde se prioriza la imagen, la aceptación o el deber sobre el deseo
  • Imposibilidad de jugar, crear o desear sin culpa
  • El “yo falso” adulto es funcional: trabaja, estudia, acumula riquezas, ocupa puestos de importancia y ejerce roles diversos; se adapta a los otros, se conduce de manera políticamente correcta y resulta eficaz. Pero no habita la vida. No siente que tenga derecho a existir tal como es.
Niño enfermo - Karl Huhn
Niño enfermo (1869)
Karl Theodor Huhn
(Letonia, 1831 – Suiza, 1877)
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ILLEX
Illex es la grieta.

Donde el sentido se cierra, algo queda fuera.

No es ley: es resto.

El sujeto emerge donde el discurso falla.
cf
Un niño y un bebé en una cuna de mimbre - Antonio Tantardini
Un niño y un bebé
en una cuna de mimbre
Antonio Tantardini
(1829–1879)
La infancia no es un estado: es una relación.

El niño no cuida al bebé: se cuida a sí mismo en él. Allí donde el cuerpo aún no está separado del otro, el gesto es previo al yo, y el vínculo antecede a la identidad.

La cuna no es sólo refugio: es el primer mundo.

En ese espacio, lo humano no se afirma como individuo, sino como dependencia radical. Y es allí —en esa fragilidad compartida— donde comienza la subjetividad.
Inglaterra WINNICOTT
“No existe tal cosa como un bebé separado de los cuidados maternos: allí donde hay un infante, hay también un ambiente que lo sostiene.”
D. W. Winnicott
Londres, 1960
Infante y ambiente

Conclusión: El análisis como espacio para desarmar y reconstruir el daño

La finalidad de este escrito, centrado en la psicología del niño, ha sido mostrar que el daño psíquico en la infancia no se reduce a un hecho traumático aislado, recordado luego como simple anécdota, sino a una falla del medio: es decir, del ambiente que debía alojar al sujeto en su emergencia. Cuando el entorno —en especial la función materna— no responde adecuadamente al gesto espontáneo, el niño no desaparece ni se rompe; se reorganiza defensivamente en un “yo falso”, que preserva el vínculo —la demanda de amor— al precio de la renuncia a sí mismo.

Este es el punto decisivo: no hay elección consciente en esa falsificación, sino una solución de supervivencia. Ser amado exige adaptarse; y esa adaptación, cuando es extrema o precoz, deja como saldo un sujeto funcional, pero incapaz de habitar plenamente su propia vida.

El análisis se introduce precisamente allí donde ese daño se estructuró. No como interpretación inmediata ni como corrección pedagógica, sino como un nuevo ambiente: un espacio suficientemente confiable donde el sujeto pueda, por primera vez, suspender la exigencia de adaptación. En ese marco, lo que fue inhibido —el gesto, el deseo, la espontaneidad— no se enseña ni se impone: emerge.

Desarmar el daño no implica borrar el pasado, sino desmontar la defensa que lo sostuvo. Reconstruir no es fabricar un yo, sino permitir que aquello que quedó oculto pueda aparecer sin el riesgo de perder el vínculo. En ese sentido, el análisis no repara desde afuera: reabre la posibilidad de ser.
Lic. Gustavo Ricardo Rodríguez
Psicología UBA
Filosofía USAL
Investigador IIPC/USAL


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