Malestar social y repetición
La política como núcleo donde el capitalismo repite su malestar
**El malestar en la cultura y la civilización: una lectura sociológica de la repetición**
La repetición remite a aquello que insiste: no se trata de un simple retorno de lo mismo, sino de una recurrencia que adopta formas variables. Sin embargo, desde el punto de vista del sujeto, suele leerse como continuidad o identidad, como si en cada reiteración se preservara un núcleo estable. Esta operación de lectura no es individual únicamente, sino que se encuentra mediada por marcos sociales que organizan el sentido y producen la ilusión de permanencia.
En el campo del psicoanálisis, la repetición adquiere un estatuto singular. En Freud, puede pensarse en relación con la reminiscencia, como aquello que permanece fijado y retorna más allá de la voluntad. No obstante, esta fijación no se da en el vacío: se inscribe en una trama cultural que delimita qué se recuerda, cómo se recuerda y bajo qué formas retorna lo reprimido.
A partir de allí, Lacan introduce una distinción clave. Por un lado, una repetición de orden simbólico, vinculada a la insistencia de la cadena significante. Esta dimensión puede pensarse sociológicamente como la reiteración de estructuras discursivas: normas, discursos y prácticas que se reproducen en el lazo social, configurando posiciones subjetivas relativamente estables. La repetición simbólica no pertenece sólo al individuo, sino que se sostiene en instituciones, lenguajes y rituales que organizan la vida colectiva.
Por otro lado, Lacan sitúa una repetición ligada a lo real: aquello que no logra inscribirse plenamente en lo simbólico y que, sin embargo, retorna como insistencia. Aquí se pone en juego la relación entre inconsciente y cuerpo, en el borde de la pulsión. Desde una perspectiva sociológica, esta dimensión puede pensarse como el punto de fricción entre las formas instituidas de la cultura y aquello que excede su capacidad de simbolización: restos, fallas, excesos que no encuentran lugar en el orden social y que, precisamente por ello, retornan bajo la forma de malestar.
Es en este cruce donde la repetición se vincula con el malestar. ¿Por qué se repite aquello que produce sufrimiento? Porque ese malestar no es accidental, sino efecto de un límite estructural: hay algo que el orden simbólico —y, por extensión, la cultura— no logra inscribir del todo. La repetición señala ese límite, insistiendo allí donde el sentido falla.
En este marco, el sujeto puede pensarse como el resultado del anudamiento entre dos órdenes heterogéneos: el significante y el cuerpo. Si bien el primero permite simbolizar al segundo, nunca lo hace de manera completa. Siempre hay un resto, un excedente que no se deja capturar por el lenguaje y que se manifiesta como malestar. Este resto no es puramente individual: se articula con las formas históricas y sociales de regulación del cuerpo, el goce y el deseo.
Lo políticamente correcto nos obliga a tolerar lo siniestro
La renuncia pulsional puede pensarse como una condición de posibilidad de la cultura. La vida en común exige restricciones, desvíos y regulaciones que hacen posible el lazo social, pero que al mismo tiempo producen malestar. Desde esta perspectiva, el malestar no es una anomalía sino un índice: señala el punto en el que la cultura falla en suturar completamente la relación entre el sujeto y el lenguaje, entre el cuerpo y la norma. Así, el malestar en la civilización puede leerse como efecto de una tensión constitutiva: entre la necesidad de inscripción simbólica que hace posible lo social y la persistencia de un resto que no se deja absorber por ella. La repetición, en este sentido, no sólo concierne al sujeto, sino que revela una lógica más amplia, en la que lo individual y lo social se entrelazan en torno a aquello que, insistiendo, no cesa de no escribirse.










