Cyberfractal |
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Lo siniestro de las instituciones puede entenderse como el “no-hogar” o como aquello que debiera haber permanecido oculto y ha salido a la luz. Lo ominoso en toda organización institucional es una experiencia particular de angustia que no proviene de algo enteramente nuevo o extraño, sino de lo familiar que se ha vuelto ajeno, deformado o perturbador. Hay algo conocido que retorna, pero lo hace desde lo reprimido. Por eso, lo ominoso posee la estructura de lo familiar-desconocido: aquello que el sujeto creyó haber dejado atrás —infancias, deseos, fantasías arcaicas, pulsiones— reaparece disfrazado, produciendo extrañeza, inquietud, horror o incluso tendencias autodestructivas. (5) ¿Cómo afecta la endogamia en la formación grupal, es decir, en la legitimidad y eficacia de las instituciones públicas?En este punto, la consecuencia es tanto clínica como social: la endogamia limita la creatividad simbólica y emocional. Favorece el estancamiento psíquico y colectivo, y facilita la transmisión intergeneracional del malestar. En ello radica, en parte, lo siniestro: en las instituciones, la endogamia opera tanto como principio de autoconstitución como de autoaniquilamiento de su propio ser (el ente institucional). (6) ¿Qué es lo siniestro?Lo siniestro es aquello que, siendo familiar, irrumpe sin medida. Como una lava volcánica, arrastra lo que encuentra: quema, destruye, desborda. Pero al mismo tiempo, como en un proceso de moldeo, llena el vacío, el agujero que las instituciones buscan cubrir. Las organizaciones tienden a repetir este mismo esquema: lo ominoso que retorna al mismo lugar. Desde el ámbito familiar hasta las grandes estructuras históricas, lo siniestro insiste. Por eso perduran: porque vuelven, una y otra vez, a lo mismo. (7) En conclusión: malestares institucionalesDesde una perspectiva clínica, el problema se organiza en torno a la presencia de lo ominoso en las instituciones. Este fenómeno puede leerse como una actualización de la novela familiar edípica: aquello que las normas y estructuras institucionales excluyen o relegan no desaparece, sino que retorna de manera conflictiva, produciendo tensiones, malestar y desorientación tanto en los sujetos como en la vida colectiva. No se trata simplemente de lo desconocido, sino de lo demasiado conocido, de lo demasiado íntimo que retorna bajo una máscara. Un ejemplo de ello es la figura del jefe, que puede encarnar simbólicamente la función parental —lo trágico de esta escena radica en su repetición. Otro caso típico es la figura del docente, que puede asumir una posición simbólica parental —lo inquietante de esta escena es que no solo se repite, sino que se naturaliza como forma legítima de vínculo social, transfiriéndose a otros ámbitos donde puede ser reproducida, aprovechada o incluso explotada. En este sentido, las instituciones no solo organizan la vida social, sino que también escenifican conflictos estructurales donde lo familiar retorna como extrañeza. Así, el malestar institucional no es accidental, sino constitutivo: forma parte de la misma lógica que sostiene, regula y reproduce a las instituciones. Colofón.— Si las instituciones persisten no es solo por su capacidad de organizar la vida social, sino también por su potencia para reproducir aquello que buscan contener. En ellas, lo excluido no desaparece: retorna, se reconfigura y encuentra nuevas formas de inscripción. Así, entre orden y repetición, entre regulación y exceso, las instituciones revelan su ambigüedad fundamental: sostienen el lazo social al mismo tiempo que lo tensionan. En esa paradoja —donde lo familiar deviene extraño— se cifra tanto su permanencia como su malestar. |