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Filosofía
La philosophía, entendida como amor al saber, deriva de «sofía» y «philos». No designa, sin embargo, una sabiduría plena ni acabada, sino un saber en tensión: un saber que no se posee, sino que se busca. En este sentido, «sofía» no remite tanto a la acumulación de conocimiento como a su forma más alta: aquello que, en términos aristotélicos, se aproxima al «entendimiento y la ciencia».
El «philos» —amigo o amante de ese saber— no es quien lo detenta, sino quien se orienta hacia él. Designa, a la manera de Platón, a aquel que desea saber; más aún, a quien se encuentra habitado por esa falta que lo impulsa. Así, la filosofía no se funda en la posesión, sino en el deseo: no en el saber ya constituido, sino en el movimiento que lo hace posible.
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El poder disciplinario encarnado en el cuerpo
La vida castrense
Los formados en la vida castrense no nacen para la guerra: son hechos para ella.
Su cuerpo es entrenado, su deseo disciplinado, su pensamiento reducido a la lógica de "la orden".
Allí donde el sujeto podría dudar y preguntar emerge la respuesta automática; donde podría desear, se impone la consigna.
Son, en este sentido, una forma de castración: no por falta, sino por operación.
Se les extirpa la vacilación, la pregunta, el desvío.
A cambio, reciben eficacia, pertenencia, misiones y dinero.
Preparados para la guerra, no solo portan armas:
encarnan una estructura donde obedecer es existir.
La toma de Berlin por las fuerzas soviéticas marca el desenlace del Nazismo.
La escena no representa solo una derrota militar, sino la implosión de una forma totalitaria del poder, donde la obediencia absoluta había sustituido toda posibilidad de cuestionamiento.
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El control del deseo como principio de regulación subjetiva
¿Desde qué fisura del mundo brotan las arquitecturas del orden?
¿Por qué, desde las primeras arenas del tiempo, los dispositivos de control se multiplican como ecos, aun cuando la mayoría de sus figuras portan la marca de una falta? ¿Qué los engendra? ¿Qué los convoca a escena?
¿Quién fue aquel habitante del desierto que, apartado del ruido de los hombres, subsistía de lo mínimo y predicaba en el umbral de una nueva ley?
Se trata de Juan el Bautista, según relata el historiador judío Flavio Josefo, testigo entre dos mundos.
¿Qué trama invisible sostiene a estas instituciones para que su sombra se proyecte, una y otra vez, sobre la historia?
La nave de los locos | Hyeronimus Bosch, Paises Bajos 
(c. 1450-1516)
¿Son estas figuras —revestidas de ritos y palabras autorizadas— quienes administran el sentido, como si repartieran máscaras?
¿Qué forma se repite en estos grupos organizados, donde la ley no se discute sino que se encarna en una voz que habla por todos?
¿Qué sucede con el deseo en estas vidas regladas, donde los afectos no se viven del todo sino que se ordenan y se contienen?
¿Qué tipo de poder se ejerce cuando el cuerpo se pone al servicio de una norma, y la persona se vuelve parte de un sistema que la excede?
En estos campos de estructuras y tradiciones, marcados por hábitos y rituales, ¿qué ocurre con la palabra del creyente cuando, para pertenecer a un grupo hegemónico, deja de ser propia y pasa a repetir una voz autorizada?
Estas preguntas no son nuevas: vuelven por ciclos, como algo que siempre estuvo ahí, esperando a volver a ser visto.
Autorizarse a esta clase de preguntas que llegan ahora —en algún punto de la vida— no como descubrimiento, sino como reconocimiento: lo vivido empieza a resignificarse de otro modo.
Entonces pregunto: ¿qué se forma en la mente cuando la palabra deja de ser propia y se vuelve repetición?
Aquí el sujeto no habla con su voz: repite. Su palabra pierde fuerza y se convierte en eco.
Y en ese eco, ¿quién habla? No la persona, sino una estructura que organiza lo que se puede decir. No escucha: ordena.
Así, el deseo deja de ser búsqueda y pasa a seguir caminos ya marcados. No desaparece: se adapta.
¿Es la cultura la que sostiene este sistema? Un entramado donde la palabra se regula, por ejemplo, degenerándo el lenguaje, y es ahí donde el Otro se instala y el deseo encuentra su lugar ya definido.
Entonces, lo que llamamos tradición muchas veces es repetición; y lo que llamamos verdad puede ser una forma cerrada que dificulta un modo de pensar distinto.
Muchas figuras. Una misma estructura.
El barco de los locos. Grabado del siglo XVI (ca. 1556), basado en una obra de Hieronymus Bosch. Conservado en la Universidad de Lieja, Bélgica
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La nave y las guerras
No estamos ante dos mundos opuestos, sino ante una misma estructura que adopta formas distintas.
En la nave de Hieronymus Bosch, los cuerpos religiosos se abandonan al exceso, a la deriva, al goce sin ley. Nadie conduce: la comunidad se desliza hacia ninguna parte.
En la hegemonía castrense ocurre lo contrario… y, sin embargo, lo mismo. No hay deriva, sino disciplina; no hay exceso, sino control. Pero ese orden no restituye al sujeto: lo cancela.
La nave muestra cuerpos sin ley.
La estructura castrense produce cuerpos que son ley.
En un caso, el sujeto se pierde en el goce;
en el otro, en la orden.
En ambos, no hay lugar para la vacilación.
La verdadera denuncia no es la locura del orden ni la rigidez marcial, sino su punto de contacto: una humanidad que, al renunciar a la pregunta, se arrodilla ante el imperativo del consumo, cuya forma paradigmática se condensa en la orden: «¡Felices los trabajan por la paz!».
La nave no necesita capitán.
El cuartel militar no necesita sentido.
Y en ese doble movimiento —deriva sin ley u orden sin sujeto— se consolida una misma forma de dominio hegemónico: la producción de existencias que han dejado de pertenecerse.
El mandato de ser feliz.
Cuando la obligación de ser feliz se presenta como meta antes que como vocación, el sujeto ya no persigue su deseo, sino que responde a la demanda.
Bajo esta lógica, el deseo se cristaliza, quedando así administrado (capturado) por el Otro.
(Brave New World 1932, Aldous Huxley)
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